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El verdadero amor de los padres cuando un hijo enferma

Un día, a finales del año, empezamos a notar que, a nuestro hijo, de 8 años, le empezaron a crecer de manera impresionante los ganglios del cuello. Fuimos a con un médico otorrino amigo y le recetó unos antibióticos para una supuesta infección que tenía en la garganta.

El tiempo pasó y no notamos ninguna mejora en el estado de los ganglios. Durante una visita a donde viven mis padres, un pediatra amigo le realizó unos exámenes y dentro de tres posibles alternativas incluyó el cáncer.

Nosotros no creíamos que el niño tuviera algo malo, pues los exámenes no mostraban nada malo y el estado general de nuestro hijo era bueno, él jugaba y se veía bien. Luego de descartar las dos primeras opciones, acudimos con un médico cirujano experto en cáncer, para que le realizara una biopsia de ganglio y de médula ósea.

Los resultados fueron devastadores. Eran finales de enero, apenas habían pasado dos meses y nos enteramos de que nuestro hijo tenía cáncer. No soy capaz de explicar lo que sentimos en ese momento, es un momento difícil e indescriptible. No podíamos entender lo que nos estaba pasando, simplemente no podía pasarnos a nosotros, por qué a nosotros si éramos buenos y no le hacíamos ningún mal a nadie. Aun no era nuestro momento de entender.

A la mañana siguiente le tomaron muestras para identificar de manera precisa el tipo de cáncer que el niño tenía y para implantarle un catéter en su pecho para la aplicación de quimioterapia, porque se tenía que empezar a tratar a nuestro hijo. Nos recomendaron a un especialista en cáncer infantil y en la primera cita nos explicó que había varias posibilidades: Podría ser linfoma no Hodgkin, leucemia linfoide aguda y leucemia mieloide aguda, esta última era la más improbable pero la más terrible.

Al mes siguiente fui sólo a recibir los resultados con el oncólogo. Mi esposa se encontraba muy alterada emocionalmente para acompañarme. El médico fue claro y directo, se puede decir que casi rayando en lo cruel: el niño tenía leucemia mieloide aguda, el tipo de cáncer infantil más mortal y raro.

Una tercera parte de su sangre estaba constituida por células malignas. Estadísticamente había una probabilidad de 2 de 10 de sobrevivir luego del tratamiento y si no hacíamos nada al niño le quedarían 2 meses de vida. Ahora sí que menos podría explicarles lo que en esos momentos sentí, solamente les cuento que duré más de 2 horas llorando con el médico, queriendo acabar con mi vida, destrozado, lleno de la incertidumbre más horrible que haya sentido en mi vida.

Sentía que mi hijo, lo que más amaba en el mundo se moría, se me iba de las manos y no entendía por qué, si según yo todo lo había hecho bien.

Por la noche al llegar con mi esposa y tratar de explicarle lo que el médico me había dicho, ella enloqueció, empezó a llorar desconsolada y luego empezó a recoger todos los juguetes que el niño había dejado regados en la sala.

Pareciera que ella ya lo daba por muerto. Nos sentamos en el piso de la sala y nos abrazamos fuertemente, llorando como nunca lo habíamos hecho; entendíamos que solamente nos teníamos los dos, que ya Gabrielito pronto no iba a estar junto a nosotros. Y desde ahí empezamos a vivir la historia más hermosa que le pueda pasar a cualquiera de nosotros: Dentro de mi desesperación empezamos a orar, a hablarle a Dios como nunca lo habíamos hecho, a abrirle nuestro corazón, a pesar de que nuestra fe era poca.

Le dije a Dios que por favor nos hablara, porque sólo él podría ayudarnos. Le pedí que me mostrara en la Biblia algo que nos dijera que él estaba con nosotros y lo más increíble fue que en este libro, lo abrí en una página.

Empecé a leer y Dios nos decía que no tuviéramos miedo, porque él estaba con nosotros, que, aunque pasáramos por el fuego no íbamos a quemarnos, que, aunque pasáramos por el río no íbamos a ahogarnos, porque él era nuestro Salvador. Que él iba a enviar a sus ángeles, que nosotros éramos sus testigos, y que iba a hacer que corriera agua a través del desierto de nuestras vidas.

Mientras yo iba leyendo íbamos entendiendo que era Dios mismo quien nos estaba hablando y ya no llorábamos por la tristeza. Sentimos una presencia tan fuerte de Dios con nosotros como jamás antes la habíamos sentido.

Y ese día, que fue el más duro de nuestras vidas, tuvimos una de las noches más tranquilas, todo gracias a las promesas que Dios nos había hecho al hacernos saber que estaba con nosotros.

Y desde ese momento empezamos la lucha, tomados de la mano de Dios. Nos esperaban dos años de quimioterapia y momentos muy difíciles. Al principio fue difícil pues queríamos que Dios hiciera las cosas a nuestro modo, es decir, rápido y sin muchas complicaciones. Y estábamos muy equivocados, pues él también quería que nosotros nos sanáramos en espíritu.

Dios lentamente iba haciendo su obra en nosotros. Nuestro hijo luchaba contra la enfermedad de manera valiente, a pesar de su corta edad. El medicamento también actuaba sobre las células buenas del cuerpo y el niño quedaba completamente sin defensas. Entonces venían infecciones, acompañadas de unas fiebres terribles y casi siempre, luego de cada quimioterapia, terminábamos en la clínica. Ahora es que entiendo la razón de todo esto, pero en esos momentos todo era muy difícil y nuestra fe muchas veces flaqueaba.

Para nosotros cada ida a la clínica, cuando Gabrielito estaba muy enfermo, era entender que es en la tribulación cuando más podemos demostrarle nuestro amor al Dios.

Diez meses después de que iniciara todo esto, el corazón de Gabrielito fue invadido por colonias de bacterias y hongos, una enfermedad llamada endocarditis bacteriana. Las bacterias se habían localizado en la válvula tricúspide y ocasionaron un soplo en su corazón, es decir, una insuficiencia cardiaca. Cuando la cardióloga nos dio el diagnóstico el niño me abrazó y simplemente me dijo: “Tranquilo papi, que todo va a salir bien”.

La fe del niño era impresionante. El niño estuvo dos meses hospitalizado, permanentemente atado a una bomba de suero donde aplicaban dosis impresionantes de antibióticos. En la clínica el niño cumplió 9 años, pero no pudo disfrutarlos como hubiésemos querido.

Hubo momentos difíciles, muchas veces pensamos que se nos iba, porque estaba postradito en su cama, sin moverse, ardiendo en fiebre. Pero mis amigos, la oración es un arma muy linda que Dios nos ha dado, y siempre estuvo junto a nosotros, consolándonos y dándole mucha fuerza a nuestro hijo.

Durante estos dos meses nunca se quejó de su condición o pidió que lo lleváramos para la casa. Simplemente él era feliz en el espacio tan reducido de su cama.

¡Cuántas veces nosotros nos quejábamos por un simple dolor de cabeza o por un machucón en el dedo!

Nosotros hablábamos con amigos y les comentábamos que la cruz que estábamos cargando era muy pesada y dura, hasta que un día me di cuenta de que quien verdaderamente cargaba la cruz era nuestro hijo y había que ver la forma tan valiente como él la cargaba, sin quejarse, solamente él sabía lo que estaba sufriendo.

A veces pensaba que Gabrielito era la almohada donde Dios recostaba su cabeza para descansar.

A casi un año le retiraron los medicamentos y al año le hicieron un ecocardiograma para ver cómo había evolucionado la colonia de bacterias. Las bacterias habían desaparecido, la válvula se había regenerado y el soplo en su corazón había desaparecido.

Dios cumplió su promesa y nos envió muchos ángeles a ayudarnos: En el médico del niño encontramos mucho apoyo y mucha sabiduría, en mi trabajo me dieron 3 meses de licencia remunerada para dedicarme de lleno a la parte inicial más dura del tratamiento y en todo momento me apoyaron. En la clínica hubo muchas personas que nos ayudaron de manera increíble. Pero, sobre todo, Dios nos envió a muchos amigos que oraron permanentemente por nosotros, incluso no conocíamos a muchos de ellos.

Después de 21 meses de tratamiento, muchos ciclos de quimioterapia, momentos difíciles y lágrimas, pero también de alegrías y esperanza, Gabrielito terminó su tratamiento. Han sido 95% o más de cosas lindas y el resto de las cosas duras, pero igualmente enriquecedoras. Nuestro amor por Dios ha ido creciendo en todo este tiempo.
Ahora entiendo que más que un castigo, todo esto que nos ha pasado es fruto del inmenso amor de Dios por nosotros, porque si no hubiera pasado esto, nosotros jamás nos hubiéramos abierto tanto a él. Nosotros somos sus elegidos, como también los son todos ustedes él está con nosotros, dentro de nosotros y que no hay que pensar que está lejos, como muchas veces lo imaginamos.

Y me atrevo a escribir esto, porque no me puedo quedar callado, porque soy testigo del gran amor que Dios siente por cada uno de nosotros.