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Las mayores víctimas del divorcio

El conflicto del divorcio en los hijos

Los hijos suelen ser considerados las mayores víctimas del divorcio: su mundo, el hogar que hasta entonces habían conocido, se viene abajo sin que nadie, además, les pida opinión.

Su reacción –tristeza, ansiedad, mutismo–

El siguiente fragmento del cuento Toña de Agnieszka Lewicka nos muestra la manera en cómo podemos apoyar a los hijos en una separación de los padres.

  • Estuvimos así sentados todos juntos un rato largo. Entre los brazos de mamá sujetaba a papá de la mano.
  • Después de un rato, dejé de llorar y mamá nos preparó un té caliente y lo tomamos en silencio.
  • Nadie cenó, parece que nadie tenía hambre. En este momento cuando nos encontrábamos sentados alrededor de la mesa, entendí que estos momentos son los más preciados en mi vida, porque todos estamos juntos, sin prisas y sin discutir.
  • Me alegré de que mamá estaba más tranquila y papá la trataba con más amabilidad. Sabía que eso no significa que seguirán juntos.
  • Demasiadas veces me han repetido que seguirán como amigos, pero antes no lo entendía.
  • A pesar de la tristeza que sentía en mi corazoncito, estaba contenta, porque sabía que ni mi mamá ni mi papá no se divorciarían de mí pese a no vivir juntos.

En general, los problemas más frecuentes que genera un divorcio en los hijos son emocionales.

Su vida y su entorno de seguridad cambian pues aflora la tristeza, el miedo, el enfado, la culpa o la soledad en mayor o menor intensidad.

Estos sentimientos pueden conducir a regresiones en sus comportamientos, bajo rendimiento en el colegio, depresión, problemas de sueño o alimentación, y en la adolescencia en algunos jóvenes promiscuidad, alcoholismo, trastornos depresivos y mentales.

Según las estadísticas 3 de cada 5 hijos de padres divorciados tienen una probabilidad de divorciarse en su matrimonio o separarse.

Es por esto que podemos ayudar reflexionando en que un conflicto no puede detenerlo un menor, los responsables de terminar con el sufrimiento son los adultos, es decir, sus padres. Por otro lado, el hecho de que uno de los progenitores actúe de manera errónea no le da al otro derecho a seguir sus pasos.

No podemos controlar las intenciones o conductas de otras personas, pero sí podemos elegir qué clase de madre o padre queremos ser. Por ello, es importante hacer una gestión inteligente del conflicto, anticipando las consecuencias de las medidas que tomamos.