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Yokoi Kenji: Shi-go-to (Tra-ba-jo), es lo que respondo a las personas que buscan la formula mágica del éxito

La disciplina es poderosa. Permite conseguir los sueños más inalcanzables. De hecho, en un país tan avanzado como Japón, que se enfrenta anualmente a los terremotos más violentos y ha sabido reponerse de uno de los conflictos más devastadores de la historia, se dice que “La disciplina vencerá tarde o temprano la inteligencia”.

Sin embargo, también tiene su lado perverso y alienante. La disciplina puede ir en contra de la expresión y la creatividad, no tolera el error e impide sentirse totalmente libre. Es un concepto que obliga a seguir una serie de patrones, con el riesgo de perder el control sobre su vida.

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Invitado por el Instituto SION y el SENA, el conferencista colombo-japonés Kenji Yokoi nos hizo entrar en el pensamiento del país asiático y descubrir una dimensión de su grado de organización, para entender cuáles son las claves de la felicidad.

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En un país donde el trabajo representa mucho más que una forma de subsistencia, donde llegar tarde es inconcebible, la vida se rige por unos valores inflexibles que pueden resultar peligrosos. Por ese motivo, Japón es uno de los países con las tasas de suicidio más altas del mundo, pese a su comodidad material y tecnológica.

El joven conferencista, director de un programa de turismo que facilita la acogida en Bogotá de ciudadanos japoneses en plena depresión, dio a conocer su experiencia personal para ilustrar la necesidad de un equilibrio entre trabajo y ocio, sacrificio y libertad.

Tras enseñar a la gran audiencia de estudiantes cómo decir “Te quiero” o “No entiendo nada” en japonés –palabras que pueden ser muy útiles en un viaje de descubrimiento–, Kenji habló de sus primeros años en el país de su padre. A Su llegada, a los diez años, tuvo que adaptarse a un sistema de educación rígido y frío, y aprender a copiar uno por uno los centenares de kanji (o signos) japoneses para memorizarlos.

Ese primer contacto le abrió los ojos sobre la cultura japonesa. Había que aprender sin cuestionar, integrar los conceptos sin ver más allá de lo que puedan representar. Dicho de otro modo, tuvo que amoldarse a una cultura milenaria que valora la disciplina por encima de todo.  “Ya no existe el samurái –expresó Kenji para ilustrar la evolución de la sociedad nipona–, pero sigue existiendo su filosofía en el liderazgo de hoy”.

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Su integración resultó ser larga, pero con éxito. Los niños suelen adaptarse a todo. Kenji se valió de sus cuatro idiomas (inglés, español, portugués y japonés) para abrirse un camino en una gran empresa como intérprete.

Su situación fue mejorando hasta que a los 20 años llegó la gran crisis. Kenji perdió su trabajo, su novia y esa idea de que todo era inalterable. Empezó a sentirse incómodo e infeliz en una sociedad donde todo parecía gris y horriblemente previsible. Le pidió consejo a su padre y recibió como respuesta los mismos comentarios de siempre (persista, tenga disciplina, trabaje la técnica…). Entonces, le vinieron a la cabeza todas las frases de su madre colombiana: “cójala suave”, “más se perdió en el diluvio”, “disfrute del paseo”…

“Decidí tomarme la vida como decía mi madre, como un juego”, explica Kenji y eso es lo que le salvó. Abrió un negocio de productos colombianos, se casó con una mujer paisa, tuvo 2 hijos y las oportunidades se multiplicaron.

“Despedí el japonés dentro de mí”, comenta el conferencista para ilustrar su cambio de mentalidad. La disciplina pasó a un segundo plano, y se impuso el realismo latino: una suerte de tranquilidad combinada con una fe, una sonrisa ante los problemas y una apertura para el cambio.

El resultado es todavía palpable hoy: Kenji Yokoi ha logrado imponerse en un mundo que, al principio, le era totalmente cerrado: las conferencias. Y su proyecto “Turismo con propósito” se ha transformado en un ejemplo de solidaridad y creatividad a nivel nacional.

Para  Kenji, “El éxito es un montón de fracasos”, y, a aquellos que insisten en conocer la fórmula secreta para conseguirlo, él prefiere responder en japonés: shi-go-to (traducido al español: tra-ba-jo), pero siempre como una forma de juego.

Según Kenji, hay que disfrutar de lo que se hace y hacerlo con seriedad. “Me la tomé como un juego, pero no como recocha –avisa–. La recocha no tiene reglas, el juego sí”.

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